Mediana
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Mediana
El Daily Record
La luz de la cocina siempre se dejaba encendida unos minutos más de lo necesario. No por miedo, sino por costumbre. La pequeña ventana cuadrada daba al espacio abierto, donde las voces se elevaban distorsionadas, como si hubieran pasado por agua. Alguien lavaba platos. Alguien hablaba por teléfono en voz baja. Un televisor transmitía las noticias sin que nadie las escuchara.
Irene estaba de pie frente al fregadero, sosteniendo su taza sin beber. El té se había enfriado. Lo notó por el olor incluso antes de probarlo. Dejó la taza junto al sobre que había traído del trabajo, aunque sabía que no debía.
No era nada grave, se dijo. Solo un asunto pendiente. Un error de fecha. Estas cosas pasan.
Se sentó a la mesa. La silla crujió, como todas las noches. Abrió el sobre sin prisa, como si intentara retrasar algo que aún no tenía nombre.
Los papeles tenían el olor familiar de las oficinas: papel, polvo, tinta y algo más, algo humano indescriptible. Solicitudes de prestaciones. Declaraciones de hospitalidad. Copias de documentos de identidad. Firmas.
Las mismas líneas de vida alineadas.
Se inclinó un poco más cerca.
La dirección fue repetida.
No es exactamente lo mismo. Misma calle, distinto número. Luego el mismo número en otra solicitud. Luego otra familia. Distinto apellido. Mismo edificio.
Sintió esa pequeña opresión que aún no era preocupación. Más curiosidad.
Cerró el sobre.
No es mi trabajo buscar patrones, pensó. Mi trabajo es ayudar a la gente.
Y aún así, el pensamiento no desapareció.
En el apartamento de enfrente, alguien rió a carcajadas. La risa cesó de golpe, como si recordara que no debía ser escuchada.
Apagó la luz de la cocina y entró en la sala. Afuera, la ciudad se extendía en pequeños cuadrados iluminados. Cada ventana, una historia que jamás aprendería. Cada luz, una persistencia.
Ella se acostó sin quitarse la ropa.
Muchas veces pensé que si dejaba de pensar en la gente después del trabajo, estaría mejor. Más descansada. Más lúcida. Pero cada vez que lo intentaba, sentía que abandonaba a alguien a media frase.
El celular se encendió brevemente. Un mensaje del municipio; un recordatorio de una reunión por la mañana.
Dejó que se desvaneciera.
El sueño llegó lentamente, fragmentado en pequeños fragmentos.
Por la mañana olía a cemento húmedo. Había lloviznado durante la noche. Las aceras aún conservaban pequeños lagos que reflejaban los balcones.
El barrio despertaba sin prisa. Horno, café, motos en marcha. Un anciano regaba macetas en pantuflas.
Irene caminaba rápido, pero sin nerviosismo. Su bolso golpeaba su costado con un ritmo constante. Conocía tan bien la ruta que su cuerpo se movía solo.
El edificio de oficinas era una escuela antigua. Techos altos, pasillos estrechos, puertas que nunca cerraban bien. El olor a café ya estaba presente antes de entrar.