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No estoy de acuerdo con el sacerdocio para las mujeres. Como tampoco estoy de acuerdo con el sacerdocio masculino pero por razones diferentes a las del veto establecido por el magisterio pontificio. Sencillamente, porque Jesús no ordenó sacerdotes. Y porque en las primeras comunidades de creyentes –normativas para la Iglesia de todos los tiempos– no hubo sacerdotes. 

Si el Nuevo Testamento registra la presencia de mujeres comprometidas en la difusión del evangelio, como “nuestra hermana Febe, diakonos en la iglesia de Cencreas”, ¿cómo y por qué las mujeres fueron marginadas de la organización eclesial y lo siguen siendo?

Para mostrar la continuidad entre el Antiguo y el Nuevo Testamento, se produjo en el siglo III la transposición de las instituciones cultuales del judaísmo a la comunidad eclesial con la consiguiente sacerdotalización de los dirigentes, desconociendo la ruptura de las primeras comunidades de creyentes con las mediaciones religiosas veterotestamentarias. El proceso de sacerdotalización coincidió con el paso del espacio privado de las comunidades domésticas al espacio público de la religión oficial y de la Iglesia entendida como comunidad a la Iglesia entendida como organización kiriarcal, y las mujeres, que habían llevado la palabra en el ámbito privado, debieron callar cuando se hizo religión pública; además la sacerdotalización contribuyó a su exclusión, dado que el culto implicaba prohibiciones que las marginaron de los espacios sagrados. 

No obstante, hubo mujeres diáconos y diaconisas ordenadas por la autoridad eclesial que les confió este ministerio. 

Pero lo que sirvió de argumento para responder a una circunstancia coyuntural se constituyó en doctrina cuando en la Edad Media se elaboró la teología del sacramento del orden, interpretándolo como sacramento del sacerdocio que confiere un poder a los hombres de Iglesia. Por otra parte, la opinión androcéntrica de la inferioridad de la mujer incidió en las razones para que santo Tomás negara su ordenación con el impedimentum sexus: “el estado de sujeción de la mujer la hace inepta para la recepción de este sacramento” y para actuar “in persona Christi”.

Vaticano II abrió la puerta a una nueva manera de entender y de ejercer la ministerialidad eclesial superando el exclusivismo sacerdotal. Sin embargo, las mujeres continúan siendo excluidas de los ministerios ordenados. 

Pero lo que los documentos niegan es la ordenación sacerdotal de las mujeres. Y desde argumentos preconciliares -como es la interpretación que hiciera santo Tomás, para quien ser mujer era impedimento para la ordenación- y desconociendo las líneas eclesiológicas trazadas por Vaticano II y la consiguiente interpretación de la ministerialidad eclesial desde la cual no hay razones teológicas que impidan la ordenación de mujeres para el diaconado, para el presbiterado y para el episcopado. Por eso no me preocupan. 

Me preocupa el peso que tienen en el mundo eclesiástico el imaginario patriarcal y el imaginario sacerdotal en el que han sido formados los hombres de Iglesia para sentirse doblemente superiores, por ser varones y por haber recibido la potestas sacra. Por eso y porque representan la estructura y mentalidad jerárquicas propias de la tradición patriarcal que condicionó las prácticas y doctrinas del cristianismo a lo largo de su historia, esgrimen argumentos para convencer a las mujeres de que no necesitan ser ordenadas e inconscientemente entorpecen cualquier posibilidad de reforma en la que debería ser Ecclesia semper reformanda. Y lo que está en juego es el dilema entre el miedo a perder el poder por parte de quienes detentan en la Iglesia la potestas recibida en el sacramento del orden y la propuesta y el ejemplo mismo de Jesús: “el que entre ustedes quiera ser grande, deberá servir a los demás” (Mt 20,26-28 y pp.). 

GENRE
Religion & Spirituality
RELEASED
2020
16 July
LANGUAGE
ES
Spanish
LENGTH
368
Pages
PUBLISHER
Corpas de Posada Publicaciones
SELLER
Corpas de Posada Publicaciones
SIZE
2
MB