Mi viaje a casa
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De la Introducción: Quiero hablarles un poco esta mañana sobre un tema que me toca muy de cerca, y es: mi viaje a casa. Como hijo de Dios, la muerte no me causa temor ni preocupación, porque para mí la muerte es solamente la puerta que conduce a la casa de mi Padre celestial; ¿y quién teme o se preocupa por ir a casa? Puedo decir como el salmista: «Aunque ande en valle de sombra de muerte, no temeré mal alguno, porque tú estarás conmigo; tu vara y tu cayado me infundirán aliento» (Sal 23:4). Puedo decir con el apóstol Pablo en Filipenses 1:21: «Porque para mí el vivir es Cristo, y el morir es ganancia». De nuevo, en Apocalipsis, oigo estas palabras: «Bienaventurados… los muertos que mueren en el Señor» (Ap 14:13), y luego: «Bienaventurado y santo el que tiene parte en la primera resurrección; la segunda muerte no tiene potestad sobre estos» (Ap 20:6). También leí estas palabras en Números 23:10: «Muera yo la muerte de los rectos, y mi postrimería sea como la suya». ¿Por qué? porque la muerte de los justos es una muerte llena de bondad, gloria y misericordia, ya que nos conduce a la presencia del Señor Dios de gloria. También encuentro en Filipenses 3:20 que mi ciudadanía está en los cielos, desde donde espero a mi Salvador, el Señor Jesucristo, el cual transformará este cuerpo de mi humillación, para que sea semejante al cuerpo de Su gloria. El apóstol Juan también me dice en su carta: «Amados, ahora somos hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que hemos de ser; pero sabemos que cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal como él es. Y todo aquel que tiene esta esperanza en él, se purifica a sí mismo, así como él es puro» (1Jn 3:2-3).