La fugitiva
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Descripción editorial
«¡Mademoiselle Albertina se ha marchado!» ¡Qué lejos va el dolor en psicología! Más lejos que la psicología misma. Hace un momento, analizándome, creía que esta separación sin habernos visto era precisamente lo que yo deseaba, y, comparando los pobres goces que Albertina me ofrecía con los espléndidos deseos que me impedía realizar (y que, en la seguridad de su presencia en mi casa, presión de mi atmósfera moral, ocupaban mi alma en primer plano, pero que, a la primera noticia de que se había marchado, ni siquiera podían enfrentarse con ella, pues se esfumaron inmediatamente), había llegado, muy sutil, a la conclusión de que no quería volver a verla, de que ya no la amaba. Pero aquellas palabras -«mademoiselle Albertina se ha marchado»- acababan de herirme con un dolor tan grande que no podría, pensaba, resistirlo mucho tiempo; había que cortarlo inmediatamente; tierno conmigo mismo como mi madre con mi abuela moribunda, con esa buena voluntad que ponemos en no dejar que sufra el ser amado, me decía: «Ten un poquito de paciencia, tranquilízate, ya verás cómo se te pasa, no te dejaremos sufrir así»...