Pecho
Descripción editorial
Pecho
La actitud diaria
Eleni se despertaba antes del despertador, no por preocupación, sino por costumbre. Su cuerpo sabía la hora antes que su mente. Se levantaba en silencio, preparaba café, ordenaba la encimera, revisaba las mochilas de los niños sin despertarlos. Para ella, la maternidad no era una explosión de emociones, sino una serie de acciones que debía realizar correctamente.
No había alegría ni tristeza en su mirada. Había alerta. La ciudad al otro lado de la ventana comenzaba con el familiar sonido de autobuses y pasos apresurados. Nada presagiaba una ruptura. Y, sin embargo, dentro de ella ya había una fina grieta, aún sin nombre.
El crujido aún no dolía. Era más bien una sensación de desplazamiento, como si la posición de las cosas en la habitación hubiera cambiado imperceptiblemente y el cuerpo lo supiera incluso antes de mirarla. Eleni lavó la taza, la dejó secar sola, limpió la encimera con movimientos lentos. Cada mañana repetía los mismos movimientos, no por obsesión, sino por la necesidad de asegurarse de que el mundo siguiera funcionando según las reglas. La cocina era su primer refugio. Allí podía permanecer de pie sin pensar.
Los niños dormían. Podía oír su respiración a través de las puertas entreabiertas, respiraciones diferentes, ritmos diferentes. Su hija siempre emitía un leve silbido, casi imperceptible, como si contuviera algo dentro, incluso mientras dormía. El niño dormía profundamente, con pequeñas sacudidas en las piernas, como si corriera en sueños que no recordaba al despertar. Eleni se quedó un momento en el pasillo, inmóvil. No era emoción lo que sentía. Era medida.
En el baño, la luz era intensa. Se miró al espejo sin esperar nada a cambio. Las ojeras se habían vuelto permanentes. Su piel parecía más fina, como estirada por algo invisible. No buscaba signos de enfermedad. Buscaba consistencia. Se lavó la cara, se ató el pelo suelto y se puso los mismos pendientes de siempre. Pequeños círculos, de plata. No tenían ningún valor. Duraban.
De camino a la escuela, la ciudad empezaba a llenarse. Eleni caminaba un poco detrás de los niños, hasta donde la acera lo permitía. Ya no le gustaba tomarles de la mano. Quería que aprendieran a moverse solos, a tener cuidado, a detenerse en los semáforos sin que nadie se lo recordara. Su hija llevaba auriculares, no para escuchar música, sino para guardar silencio. El niño saltaba de fila en fila en la acera, contando en voz alta. Ella escuchaba sin interferir.
En su mente, los pensamientos no fluían. Estaban alineadas. ¿Qué cocinaría para almorzar? ¿Si tenía que pasar por la farmacia? ¿Si había respondido al mensaje de la maestra? La grieta seguía ahí, pero no se abría. Aún no sabía qué era. Solo sabía que algo había cambiado en su sentido del tiempo. El tiempo ya no se extendía ante ella. Estaba concentrada.
Cuando los dejó en la puerta de la escuela, su hija se giró y la miró un poco más de lo habitual. Su mirada era inquisitiva, no ansiosa. Eleni le sonrió como había aprendido, sin exagerar. El niño entró corriendo sin mirar atrás. Eleni se quedó quieta unos segundos, luego se dio la vuelta y se dirigió al trabajo.
En la oficina, todo era sencillo. Expedientes, llamadas, plazos. Eleni trabajaba con precisión, sin destacar. No quería destacar. El trabajo era otra forma de medirse por sus acciones. Durante el descanso, tomaba café sola, mirando por la ventana. La ciudad se extendía sin intención. Sintió un ligero mareo por primera vez. No físico. Como si hubiera perdido momentáneamente su punto de referencia.
Recordaba a su madre, no como persona, sino como una ausencia. Recordaba las tardes en que llegaba de la escuela y la casa estaba en silencio, no con la tranquilidad del descanso, sino con la tranquilidad del abandono. En aquel entonces, había aprendido a cocinar sola, a leer sin ayuda, a no esperar. Eleni nunca se había prometido ser diferente. Simplemente, se había transformado.