Exceso
Descripción editorial
Exceso
El susurro del confinamiento
Estancamiento del tiempo
La luz apenas penetra por las ventanas cerradas, el polvo danza solitario en la habitación; cada respiración es medida, cada paso calculado sobre el viejo suelo. El día comienza con un silencio opresivo, una anticipación inefable de algo que nunca llegará; todo está en su sitio, dispuesto con una severidad que asfixia el corazón. Miro a través de la persiana entreabierta, el mundo sigue girando mientras yo permanezco inmóvil en una fotografía que se desvanece lentamente. Mi respiración se vuelve más tenue, casi invisible, para no perturbar la armonía del miedo.
Ritual matutino
La taza tintinea contra el mármol, un eco que resuena por toda la casa; su mirada se detiene tras el periódico, una red invisible que se extiende para envolverme. No hay margen de error en el movimiento de las manos, el azúcar cae con precisión milimétrica; la responsabilidad de la perfección es mi propia atadura. Una palabra basta para derribar el edificio de la tranquilidad, una sombra basta para recordarme que aquí no soy más que una extraña en mi propio espacio. El desayuno es una representación teatral, donde los papeles están asignados y las palabras han resistido el paso del tiempo.
La llave vacía
La llave gira en la cerradura y el sonido confirma el regreso, el sello del control absoluto; me quedo mirando el brillo metálico, un objeto que mantiene mi libertad prisionera. No hay escapatoria por estas puertas, las paredes tienen oídos y las sombras tienen ojos que nunca duermen. Mi cuerpo ha aprendido a reaccionar, mi pulso se acelera incluso antes de oír los pasos en el pasillo; la sumisión es un lenguaje que he aprendido a hablar con fluidez, incluso cuando mi alma clama por resistencia. Es una afirmación diaria del callejón sin salida, una aceptación de lo inevitable.
Sombras en las paredes
La habitación está llena de sombras incorpóreas que danzan en los rincones y susurran verdades que temo oír; cada rincón es testigo de mi silencio. Las paredes están impregnadas de miedo, un olor rancio y viciado que no desaparece al abrir las ventanas. La soledad aquí no es libertad, es una prisión con las puertas abiertas, donde el guardián es el miedo al castigo mismo. Cada noche, las sombras crecen y engullen mis recuerdos, dejando solo el vacío del presente.
Aritmética de la paciencia
Cuento las horas hasta que la oscuridad traiga el olvido, una aritmética sin fin; mi paciencia es una moneda que gasto con cautela para comprar un poco más de paz. Cada segundo es una pequeña victoria contra la explosión, cada minuto una conquista de la paciencia. Mi corazón es un reloj que late a un ritmo distinto al de los demás, un pulso que intenta esconderse bajo mi ropa. Esperar es mi único arte, la única manera de mantener unidos los fragmentos de mi vida.